¡Bienvenida MamaB!

baby on board

Ahora que la noticia ya es pública por fin puedo empezar a escribir aquí sobre lo que está siendo esta experiencia de mi embarazo, y para lo cual he decidido crear una nueva sección en el blog titulada MAMAB y así tener un espacio donde compartir reflexiones, datos, y prácticas sustentables, en este nuevo camino de maternidad que se inicia para mi.

Ya van casi 14 semanas de gestación, que han estado repletas de amor y emociones. Este es mi segundo embarazo, y hasta ahora el que más ha avanzado. El primer intento terminó en una dolorosa pérdida en Mayo de este año, y si bien en su momento sentí que era lo peor que nos podría haber pasado, ahora desde la distancia y la madurez que te regala el tiempo, entiendo muy bien que ese no era el momento para que llegara una guagüita, y estoy súper en paz al respecto. La madre naturaleza es sabia y tengo una fuerte convicción de que los niños llegan cuando ellos quieren y no cuando uno los programa.

Y así fue como ocurrió ahora. Pega muy nueva, muchas incertidumbres en otros aspectos, infinitos desafíos, entrenamiento físico durísimo, y de repente, Oh! Dos rayitas en el palito y un test de embarazo positivo. Nos volvió a inundar la felicidad desde el primer momento, pero también debo reconocer que a mi por lo menos un poco de susto. Menos que la primera vez eso si, pero es inevitable caer en un espiral de emociones muy mezcladas en ese momento que ves el test positivo frente a ti.

Mi mayor susto era que volviera a ocurrir una pérdida, por lo que esta vez decidí hacer las cosas diferentes. Paré de entrenar desde el momento que supe que estaba embarazada, bajé el ritmo considerablemente, aumenté mi frecuencia de meditación y me entregué al proceso de descanso profundo que implican los primeros meses, cerrándole la puerta al estrés y a todo lo que pudiera interrumpir este nidito de amor que crece dentro de mi.

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Por los síntomas, inmediatamente supe que este embarazo era diferente. Rápidamente aparecieron sensaciones que la vez anterior no alcancé ni a vivir, y con ello también aparecieron los síntomas más desagradables de los tres primeros meses: las temidas náuseas y mareos. A eso había que sumarle el cansancio extremo, sueño permanente, la hinchazón de guata, las pechugas que crecen y duelen con solo mirarlas, mi privilegiada digestión que desapareció por completo, las hormonas que revolotean y te hacen llorar por todo, y la sensación de estar con la peor caña de tu vida 24/7 día y noche, en todo momento.

Es realmente difícil lo que se vive durante las primeras 12 semanas, y me saco el sombrero por la humanidad completa por haber sostenido este ritual de traer hijos al mundo durante miles de millones de años bajo estas condiciones. Además de los síntomas ya mencionados, el cuerpo empieza a cambiar muy rápido y eso también es abrumador, sobre todo para alguien que siempre ha sido muy consciente de su cuerpo.

Yo me he preocupado toda la vida de la alimentación, he hecho deporte de manera regular desde muy chica y a través del yoga he aprendido a escuchar el cuerpo, atenderlo, amarlo y mantenerlo pleno. Y de repente de un día para otro es como si tu cuerpo ya no te perteneciera y se mandara solo. Lo que siempre has comido ya no lo toleras, tus caderas de toda la vida ya de repente no las reconoces, tu agilidad y ritmo se ralentiza, y te llenas de sensaciones nuevas que tampoco sabes si está bien o serán un síntoma de algún problema.

Pero no sólo hay cambios físicos, también se gatilla un proceso espiritual de cambios internos que es muy profundo y personal, y a ratos solitario porque el resto del mundo no lo entiende y te dicen, “relax, ya va a pasar”, como si tener guagua fuera un mero trámite como ir al baño después de 9 meses y ya. Por suerte tengo a mi lado al mejor hombre del mundo que me apaña en todas, y ha estado ahí compartiendo conmigo todos los momentos de estos primeros meses. Cristián me ha cuidado, me ha regaloneado y me ha escuchado en todas mis reflexiones a la hora que sea, incluso en medio de la noche cuando me ataca el insomnio y lo despierto con mis divagaciones. Y entre los dos hemos empezado a leer libros de maternidad y paternidad consciente, lo cual ha sido el mejor regalo de este embarazo.

amor

Saberme acompañada por mi hombre roble y las enseñanzas de otras mujeres me ha ayudado a soltar los miedos y a entregarme al proceso con plena confianza para vivir de manera muy consciente y despierta todo lo que está ocurriendo dentro de mi. La verdad es que es maravilloso ver como crece la guagüita, y como la vida es tan perfecta y compleja. El cuerpo es sabio; somos parte de un sistema natural de miles de millones de años y todo está bien.

A medida que me he ido sintiendo mejor y he recuperado la energía, he vuelto a moverme y a reincorporarme a la vida cotidiana de antes de embarazarme. Retomé el deporte suave, volví a mis caminatas, me he vuelto a sentir cómoda en reuniones sociales, ya no apago tele a las 8 de la noche, y lo mejor de todo, pude volver a cocinar y comer sin querer vomitar en cada segundo. Yeaaaii!! :)

El desafío de alimentarse en el primer trimestre:

Este post originalmente estaba pensando para contarles sólo de cómo había sido mi alimentación en el primer trimestre, pero se me anduvo alargando un poco la introducción. Pero no importa, porque la verdad es que lo amerita; total, cada embarazo es único y especial.

La verdad es que mis náuseas fueron tan fuertes durante los primeros meses, que alimentarme bien y balanceado fue un tremendo desafío. Sospechaba que algunas cosas me iban a dejar de gustar o cambiaría un poco mis gustos, pero no al nivel de lo que me tocó.

De partida, la percepción de los olores aumenta significativamente durante el embarazo, por lo que de cocinar ni hablar. La sola idea de entrar a la cocina y preparar algo me generaba arcadas, por lo que ese se convirtió en el principal desafío. Yo soy una persona que cocina prácticamente todos los días y en mi casa siempre hay comida fresca, rica y sana, así que sentirme sin poder cocinar era terrible. Por suerte Cristián apañó en algunas ocasiones, y en otras simplemente se comía lo que había y como fuera. Una tostada o wrap con palta, una fruta, o una ensalada y chao. Más ganas tenía de estar acostada durmiendo que comiendo en esas primeras semanas. Otras veces bajábamos donde mi mamá a comer, que también me ayudó con trayéndome cositas ricas a la casa. Y hubo dos semanas que estuve de viaje y por suerte en ese período otros cocinaron por mi, en particular mi querida suegra que me regaloneó como reina los días que estuvimos de visita en Valdivia, y me alimentó balanceado en medio de la peor semana de malestares.

El otro gran cambio estuvo relacionado con las porciones y el número de comidas al día. Pasé de comer 3 comidas principales al día como la mayoría de las personas (desayuno-almuerzo-cena), a comer como pajarito 6 o 7 veces al día. Me costó entender que con las 3 comidas al día mi cuerpo sufría más de la cuenta. El malestar no me dejaba comer la misma cantidad que antes, por lo que comía menos, pero a la siguiente comida llegaba con mucha hambre, y ya sabemos que la mezcla de hambre con náuseas es satánica. Y si comía la misma cantidad de antes para evitarme el hambre, quedaba demasiado llena, y ya sabemos también que la mezcla de estar muy llena con náuseas es doblemente satánica.

snacks

Así que no me quedó otra que empezar a comer la mitad o un tercio de lo que comía antes en esas tres comidas principales, y entre medio snacks para mantener el hambre a raya; snacks que por lo demás, también fueron variando según las semanas. Hubo días en que sólo me daban ganas de comer manzanas verdes, otros días piña y pepinillos, naranjas y mandarinas. Hubo días en que necesitaba urgentemente comer barritas de cereal, otros días jugo de manzana diluido con agua, agua con gas y limón, pasas y almendras, sandía, y así. Lo que si debo reconocer es que la mayor salvación de todo este proceso fueron las galletas de agua light y el té de jengibre. Debo haber comido más galletas de agua en estos tres meses que en todo el resto de mi vida porque son el perfecto bocadillo para solucionar todos los malestares; neutro, seco, pequeño, liviano. Un par de galletas de agua y un poco de té de jengibre cada 3 horas, santo remedio.

En general he tenido la suerte de que en estos meses me han dado ganas de comer más bien liviano y fresco. Muuuuchas frutas, ensaladas y smoothies, y prácticamente nada de chanchadas. Salvo una hamburguesa con papas fritas del Honesto Mike y unos chocapic con leche (WTF!!!) en 3 desayunos, el resto ha sido muy saludable. De hecho, las comidas muy pesadas, densas y cálidas no las paso mucho y por lo mismo también he tenido que dejar de lado algunas cosas, en particular las papas, zapallos, acelgas, habas, lácteos en su mayoría, huevos ni hablar, guisos, quiches, el chocolate y todo lo extremadamente dulce, y también los productos animales. He comido poca carne, pollo y pescado. Cuando como es por ocasiones puntuales y muy poca cantidad, pero no lo he echado para nada de menos. Al principio pensé que iba a necesitar mucha más proteína y stockié mi freezer con hartos cortes de pastoreo libre, pero la verdad es que he usado muy pocos.

Ahora que ya pasaron las semanas más críticas, las náuseas se han ido y he podido retomar una alimentación más variada y normal. He vuelto a cocinar y a introducir algunos productos que había dejado de tolerar, y otros que fueron mi salvación ya van en retirada. Es muy curioso el cuerpo en todas las transformaciones internas y externas que vive en esta etapa del embarazo. Por ahora la mejor decisión ha sido dejarse llevar y fluir con los instintos. Siento que esta es una etapa muy animal e intuitiva, y hay que sacarle cabeza para realmente disfrutar la magia de este viaje y el salto a lo desconocido que implica. ¿Quien sabe qué otro tipo de cambios y sensaciones seguirán apareciendo a medida que crezca mi panza, no? Feliz de ir descubriéndolo y compartiendo acá con ustedes.

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