Delhi, una boda India y curry de garbanzos

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La primera vez que fui a India fue el año 2010, a la boda de una gran amiga en Nueva Delhi.  A Ragini la conocí en Londres y desde el primer minuto congeniamos muy bien. En general con todo lo que tenga que ver con India he tenido siempre una afinidad enorme. Así como sus personas y su historia, su cultura, su comida y su filosofía me han atraído mucho a lo largo de la vida. Es raro, a veces siento como que tuviera una conexión especial con ese país; siempre me he sentido muy cómoda recorriéndolo y se me parte el alma cuando tengo que dejarlo.

Cuando era aún más jovencilla andaba siempre escudriñando bazares indios en Santiago. Hasta hoy me es difícil resistir la tentación de comprar pañuelos, faldas, accesorios e incienso cada vez que paso por algún lugar de ese estilo. Pero en verdad no necesito más. De los varios viajes a India me he traído muchas cosas, y corro el riesgo de que mi propio departamento parezca bazar indio si sigo acumulando.

Parte de mi fascinación por India se debe al Yoga, una disciplina que practico hace muchos años. En Chile antes de irme a vivir a Londres practiqué Iyengar un tiempo, y luego experimenté con algunas otras variantes. Pero fue en Inglaterra que descubrí el Ashtanga, que se ha convertido con los años en mi única práctica, con altos y bajos, pero muchísimos aprendizajes. Pero eso es historia para otro post sin duda.

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Esta fascinación por India la he compartido desde siempre con mi mamá, por lo que cuando ella supo que también estaba invitada a la boda de Ragini casi se murió de la emoción. Para mi también fue el mejor regalo ir con ella. Viajar juntas a un evento así, en un país que las dos soñábamos con conocer y recorrer fue lo máximo. Luego allá te das cuenta lo importante que es visitar India con alguien que esté en la misma frecuencia que tú; alguien que esté dispuesto a recorrer, probar, dejarse sorprender y sobre todo sin desesperarse. India es un país intenso y fuerte, lo amas o lo odias, no tiene muchos intermedios, por lo que les recomiendo demasiado ir con la mente abierta y dispuestos a que todo salga diferente a lo planeado. De hecho, incluso es mejor no hacer muchos planes y dejarse llevar.

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Como siempre en mis viajes, la comida es un eje central y buena parte del tiempo en un lugar nuevo me dedico a recorrer mercados, probar comida callejera, e identificar sabores locales para replicarlos luego en casa. En este viaje tuvimos la suerte de comer exquisito en casa y como reyes. La familia de Ragini había contratado unos chefs que tenían instalada la cocina en el techo de la casa y ahí entre un horno tandoor, ollas y sartenes sobre el fuego directo, nos cocinaban todos los días algo diferente, que nos sorprendía plato tras plato. Auntie Sonia – la mamá de Ragini y una hermosa mujer- era la directora de esta orquesta de cocineros y ayudantes, que mantenían la casa siempre lista para los requerimientos de sus invitados.

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La verdad es que estábamos en una situación muy privilegiada y bastante perfecta, pero India en su gran mayoría dista mucho de ser así. Los recorridos diarios que hacíamos en Delhi nos mostraban múltiples caras de una misma moneda que a su vez era sólo una “pequeña” muestra de la realidad país. Y digo pequeña entre comillas porque Delhi mal que mal tiene más de 14 millones de habitantes, pero aún así es sólo un pedacito del interminable puzzle que es India.

Pero aún así nos enamorábamos de Delhi con cada día que pasaba. Nos sentíamos cómodas, sorprendidas, y fascinadas con lo que veíamos a nuestro alrededor y la gente que conocíamos. Aprovechamos de visitar templos, bazares, restaurantes, monumentos y jardines, e incluso después de la boda nos escapamos unos días a Agra a conocer el Taj Mahal y a Jaipur, la puerta de entrada del estado de Rajastán, un mundo en si mismo que vive en una dimensión de tiempo paralela.

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Como si todo este regalo de la vida fuera poco, la boda de mi amiga fue hermosa y una experiencia maravillosa. No sólo por el hecho de poder participar en un matrimonio, que en cualquier parte del mundo es entretenido,  sino porque nos vestimos a la usanza típica, participamos de todas las ceremonias, y el boda venía con un 2×1 sorpresa. Resulta que mi amiga es Hindú, pero su novio (ahora marido) es Parsi, lo que implicaba que se tenían que hacer ambas ceremonias en el mismo día. Bueno, en verdad dos días, ya que eso fue lo que duró la boda.

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El primer día fue el matrimonio civil en la mañana, y en la tarde la ceremonia del mehndi, como se denomina a la ceremonia de pintura de las manos con henna. Todas las mujeres pueden pintarse las manos, pero la pintura de las de la novia es la más espectacular. No sólo porque le pintan las manos, los antebrazos y los pies, por lo que no se puede mover de un sillón en seis horas, sino porque en los diseños de las manos está escrito y escondido el nombre del novio. Así, en la noche de bodas, el novio tiene que encontrar su nombre antes de poder tocar a la novia y consumar el matrimonio.

Esa noche del mehndi bailamos, comimos y lo pasamos muy bien. Fue como una previa de 24 horas a the real thing, que a su vez duró como otras 24 horas, y donde siguieron los bailes, la comida y mucho whisky. De verdad que la saben pasar bien los Indios, y lo más lindo de todo es que la celebración no tiene sentido si no es con toda la familia y los amigos, por lo que estos eventos eran siempre por lo bajo 50 personas del núcleo cercano. La casa en Delhi era un crisol de culturas, con amigos de Ragini de Londres, Nueva York, el Caribe, Chile, diferentes partes de India, todos compartiendo historias de vida y mucha buena onda. Mi definición de una gran celebración por excelencia.

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Tras unos intensos días en Delhi, con mi mamá nos fuimos a recorrer lo que se conoce como el Triángulo Dorado, que es la ruta que une Delhi, Agra y Jaipur. Es la típica ruta corta del norte de India que te permite recorrer un poco y empezar a enteder la complejidad de ese país. Saliendo de Delhi camino a Agra ya es otro mundo. Dejamos atrás una ciudad que crece de forma descontrolada, con una modernidad que choca en todas las esquinas con la religiosidad y las tradiciones más arraigadas, y que a ratos se mezclan y se confunden con rastros del colonialismo inglés, para pasar a un mundo rural pero muy poblado, con carreteras del terror, llenas de camiones sin ley, mercados, cabras, camellos y a ratos uno que otro elefante.

Agra es bastante fea como ciudad, pero la salva la majestuosidad del Taj Mahal y la belleza de otros templos como Fatehpur Sikri. Sólo por el Taj Mahal iría una y otra vez. Y a pesar de que es un lugar bastante poblado y lleno de turistas, es un edificio magnífico, hermoso y sobrecogedor como pocos. Vale la pena ir a la hora del amanecer o el atardecer, donde la luz es la mejor y hay un poco menos de gente.

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Finalmente Jaipur coronó nuestro viaje con aún más sorpresas. El desierto de Rajastán se nota hasta en la frontera opuesta; la fisonomía de la gente cambia y son mucho más árabes y beduinos que sus compatriotas de Delhi. Las ropas cambian, la comida y la arquitectura también, y la sensación de estar metido en medio de un cuento de las Mil y Una Noches es alucinante. Hay más turbantes, más camellos y mercados. Jaipur, la ciudad rosada, es un interminable mercado cuadra tras cuadra, y a nosotras qué nos han dicho, como nos gusta poco negociar, pasamos horas rebajando pañuelos, títeres, y telas para llevar de vuelta a casa.

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La partida fue muy nostálgica. Nos fuimos con el corazón llenito, cargadas con muchos recuerdos hermosos de una experiencia que más parecía un sueño y una fantasía, y agradecidas de ese regalo hermoso de la vida; pero por lo menos yo, me fui con una sensación similar a la que tuve cuando dejé Chile por primera vez. Esa sensación de que dejas un pedacito tuyo, de que dejas tu casa, o aquel lugar donde te sientes tan cómoda que a pesar de no ser tu casa, podría serlo. Fue la confirmación de que mi fascinación con India desde chica era por algo más fuerte y que mi misión sería descubrirlo más adelante. Volvería pronto, estaba segura.

Esas historias de los viajes siguientes las voy a ir subiendo al blog en los distintos capítulos que tuvo esa aventura de varios meses, junto con recetas que aprendí en cada lugar. Pero por ahora, como dicen en India, don’t worry, have a curry.

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Curry Indio de Garbanzos

Porciones 4
Tiempo de preparación 15 minutes
Tiempo de cocción 30 minutes
Tiempo total 45 minutes
Dieta Vegetarian

Ingredientes

  • 1 Cebolla picada a la pluma
  • 2 Tazas garbanzos cocidos
  • 2 Dientes de ajo triturados
  • 1 Cucharadita semillas de mostaza
  • 1 Cucharadita semillas de kalonji
  • 1 Tarro tomates triturados
  • 2 Cms. jengibre fresco rallado
  • 1 Cucharada ghee (o aceite vegetal)
  • 2 Cucharadas curry picor medio (ver las notas para una mezcla de curry hecha en casa)
  • 1/2 Taza agua
  • Sal a gusto

Preparación

1. Calentar en un sartén hondo el ghee o aceite vegetal y agregar las semillas de mostaza. Cuando las semillas de mostaza empiecen a saltar, agregar las semillas de kalonji y el ajo triturado y el jengibre rallado y mezclar bien.
2. Sobre esa mezcla de semillas y aliños, agregar las cebollas a la pluma y saltear por 5 minutos o hasta que las cebollas estén blandas.
3. Agregar los garbanzos, los tomates triturados, y el curry. Revolver bien y si es necesario agregar la 1/2 taza de agua. La idea es que quede como un gravy, o una salsa más espesa, no una sopa líquida.
4. Incorporar bien todos los ingredientes y agregar sal a gusto. Mantener a fuego bajo por 15 minutos y servir caliente con arroz blanco o un naan.

Notas

Para esta receta pueden usar un curry que venga listo o lo pueden hacer en casa. Un curry no sólo denomina a un tipo de plato y preparación en la comida india, sino que también a una mezcla de especias. La mezcla que yo uso para este curry es la siguiente:
- 3 cucharadas de paprika en polvo
- 3 cucharadas de comino en polvo
- 1 cucharada de semillas de hinojo machacadas (si encuentran hinojo en polvo mucho mejor)
- 2 cucharadas polvo de mostaza
- 1 cucharada de pimienta de cayenna
- 1 1/2 cilantro en polvo
- 1 cucharada cúrcuma
- 1 cucharada cardamomo en polvo
- 3/4 cucharada clavos de olor molidos
- 1/2 cucharada de canela en polvo
-  1/2 cucharada de ají rojo en polvo
De esta mezcla saco 2 cucharadas que son las que le agrego al curry. La mayoría de las semillas y aliños para este curry los pueden encontrar en una tienda que se llama Don Harry Minimarket, en Providencia (Santiago de Chile). Don Harry y su familia abastecen a todos los restaurantes indios de Santiago, por lo que encuentran realmente de todo.

 

6 Comments

    • Gracias!!
      Ya se vienen nuevos periplos por India. Ese fue sólo el comienzo y luego estuve alrededor de 4 meses por allá.
      Hermoso país y lleno de increíbles recuerdos. Lo tendré que hacer por capítulos porque cada lugar fue una tremenda experiencia.
      Saludos! :)
      a.

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