La cosecha

 

tomates

Tenía este post pendiente hace varias semanas; de hecho, desde que coseché el primer tomate de mi huerta a fines de Enero. Se me había ido quedando en el tintero por algunas razones, pero la principal es que hasta ahora no había terminado de darle vuelta a los aprendizajes de esta primera huerta de balcón.

Buena parte de mi infancia la pasé en el campo de mi abuela, en la zona de Huiscapi, Araucanía profunda. Aunque Nico (que es de Valdivia, aún más al sur) siempre me molesta y me dice que eso no me hace sureña, yo creo que igual un poquito si. Todos mis recuerdos de niña están ligados al campo y a las tareas del campo, y sin duda que eso marcó mi vida y parte de lo que hoy me mueve a hacer lo que hago.

Nuestros veranos transcurrían en paisajes hermosos y tranquilos. Cielos azules, grandes praderas, animales pastando libremente, y una que otra lluvia.

campo

vacas

ovejas

Gran parte del día giraba en torno a las tareas del campo, que pueden llegar a ser bastante exigentes. Levantarse a ordeñar las vacas a las 6 de la mañana me parecía una proeza gigantesca cuando tenía 10 años, por lo que rara vez participaba, pero cuando lo hacía sentía que era lo más especial del mundo. ¡Y claro que lo era! Qué privilegio poder ordeñar una vaca y luego llegar a hervir la leche cruda y tomártela 1 hora después. ¡Más fresca imposible! Hoy que daría por encontrar leche sin procesar en el mercado, pero a menos que uno viva en el campo y tenga una vaca es difícil.

Después del desayuno, tipo 9 de la mañana salíamos a caballo al recorrido a contar los animales y revisar que estuviera todo bien en los potreros. Eso era muy entretenido, y a veces cuando la vuelta era larga te podías demorar medio día en recorrer el campo entero.

En verano estaba también la trilla, que era como una fiesta de una semana. Eran los días en que estábamos todo el día en los potreros de trigo, escondidos entre las espigas, corriendo detrás de la trilladora, subiéndonos arriba y tirándonos por la rampla de sacos, y comiendo todos juntos los sandwiches que mi mamá llevaba de la casa para compartir. Al final del día, todos de vuelta a la casa en el coloso, arriba de los sacos, y comiéndonos el maqui que encontrábamos por el camino.

Al final de los meses de verano, con todo el sol quedábamos ultra bronceados y de pelo casi albino. Como si ya no fuésemos lo suficientemente notorios así, mi mamá nos vestía iguales y mi papá con su cámara se dedicaba a inmortalizar momentos tan hermosos como este:

niñosrubios

Todo esto transcurría en el campo de mi abuela, quien ya no está con nosotros, pero siempre sigue presente en nuestros recuerdos. La Oma era una mujer de armas tomar, a veces muy dura y difícil de llevar, pero muy querendona de sus nietos. Yo con ella tenía una relación especialmente buena y compartíamos el gusto por los caballos y la huerta.

oma

La huerta del campo era enorme, y subsistíamos en buena medida con lo que nos entregaba ya que había muchas cosas diferentes: frambuesas, grosellas, zarzaparrilla, arvejas, porotos, zanahorias, betarragas, lechugas, acelgas, repollos, etc. También teníamos árboles frutales, entre ellos ciruelos y manzanos, que con mis hermanos hacíamos sufrir antes de que maduraran, sacando las frutas verdes y escondiéndonos a comerlas con sal donde los adultos no nos encontraran. El dolor de estómago en la noche era del terror, pero nos teníamos que aguantar para no revelar la travesura del día.

La huerta en esa época la llevaba mi abuela y sus trabajadores. La verdad es que yo cuando pequeña a lo único que iba era a robarme las zanahorias y arvejas para comer, por lo que no tengo memoria del trabajo que se hacía a diario. Pero si recuerdo vagamente que había poda, riego, orden y mucha mano en la tierra.

Por lo tanto, técnicamente esta huerta de balcón es la primera vez que armo una huerta por mi cuenta. Y en verdad ni tan por mi cuenta, porque si no hubiese sido por la ayuda de Nico que al principio me ayudó a picar la tierra seca, cargar los sacos de tierra nueva hasta el departamento y hacer la parte más pesada, creo que no habría salido tan bien el proyecto. En Londres tenía un pequeño patio donde tenía albahaca y ají, pero de manera muy anecdótica. Mi jardín inglés estaba más cargadito a las flores que a las plantas comestibles, por lo que lo que el trabajo que hemos hecho estos meses ha sido muy interesante y bonito, pero no exento de dificultades. 

De partida, me hubiese encantado que la vista de mi huerta fuera algo así como esto:

volcán

Sin embargo es más bien como esto (y con un edificio en construcción al lado):

las condes

Esto evidentemente trae consigo un problema de ecosistema. En un ambiente urbano así de denso es difícil que se genere el mismo ecosistema que en el campo, por lo que faltan elementos importantes en la cadena como las abejas para la polinización de algunas flores, bichitos buenos que se comen a los malos, aire limpio y tranquilidad. Las plantas están sometidas a un nivel de estrés mayor, y al estar desprotegidas por esta falta de ecosistema, la aparición de alguna plaga puede tener consecuencias desastrosas.

Nosotros tuvimos dos: oídio y pulgones. El oídio es un hongo que afecta a diversos tipos de plantas; en nuestro caso atacó a las arvejas. Más o menos al mismo tiempo aparecieron los pulgones que atacaron nuestras habas, y en cosa de un par de semanas destruyeron esos dos cultivos. Hasta hoy trato de entender qué fue lo que pasó que de un día para otro (así de rápido fue), se enfermaron las plantas. Nico no me cree, pero yo tengo mi teoría de “la paloma infecciosa”. Poco antes de que se enfermaran las plantas apareció el en borde del balcón, una mancha de caca de una paloma que claramente vino a investigar de qué se trataba este huerto de balcón. A los dos días aparecieron los primeros pulgones en las habas, y un par de días después el oidio atacó las arvejas. Puede que exista alguna relación como puede que no, pero a final de cuentas no pudimos salvar nuestras arvejas y habas orgánicas,  y tuvimos que sacarlas de raíz para darle alguna chance al resto de los cultivos.

Lo cual me lleva al siguiente problema: ¿pesticida o no pesticida? Nosotros quisimos siempre hacer un huerto orgánico y lo conseguimos finalmente con los cultivos que quedaron. Cuando tuvimos el problema de oidio y pulgones, nos mantuvimos firmes a esa idea, pero llegó un momento en que dudamos si aplicar un poco de químicos para salvar la planta o no. Habría sido muy fácil fumigar un poquito por aquí y un poquito por allá para erradicar pulgones y solucionar el problema, pero la verdad es que no fuimos capaces. Tuvimos incluso los insecticidas y fungicidas en las manos, pero leyendo las etiquetas nos daba un poco de dolor de estómago ver esas calaveras de veneno y pensar que luego le aplicaríamos esos productos a plantas que nos comeríamos, así que intentamos con innumerables remedios caseros, macerados de todo tipo de flores, ajo y rarezas, pero no hubo caso.

Hasta entonces siempre había entendido la importancia de los cultivos orgánicos, pero no había sentido nunca esa conexión con la planta que te vas a comer en un tiempo más, y la necesidad de que sea lo más limpia y pura posible. Esa experiencia también me llevó a admirar aún más a los agricultores orgánicos por la labor que realizan, ya que es una tarea considerablemente más difícil y compleja que la agricultura tradicional. Hay que balancear muchos más factores en la ecuación, y hay que tener una mirada macro del ecosistema que no es fácil.

Pero por otro lado también sentí empatía con el agricultor tradicional, aquel que sí usa un poco de pesticidas para salvar sus cosechas de plagas, y así también salvar su ingreso. En nuestro caso, nosotros no dependíamos para vivir de esas arvejas y habas; no era nuestro único alimento, ni tampoco nuestro sustento económico, por lo que tomar la decisión de sacar las plantas de raíz -aunque no fue fácil- fue relativamente rápido. Pero me pregunté muchas veces, qué hubiese hecho si de eso dependiera la sobre vivencia de mi familia, e inevitablemente llegue a la conclusión de que seguramente habría usado algún tipo de químico para salvar la cosecha.

Luego de sacar las habas y las arvejas, y al ver como todo empezó a crecer nuevamente, aprendimos otra nueva lección: plantamos mucho en muy poco espacio, y cero planificación. Estábamos tan ansiosos por tener un huerto y plantar las semillas que teníamos guardadas y que nos habían regalado, que llegamos y pusimos todo junto en el mismo espacio, una al lado de la otra, bien juntitas y maximizando el uso de la poca tierra a todo dar. Hasta que colapsamos el ecosistema, lo cual probablemente haya sido la causa de las plagas y no la paloma infecciosa (o quizás una combinación de ambas). Las plagas proliferan en un ambiente donde las plantas se encuentran débiles o bajo estrés, que era el caso de las nuestras; además del ambiente urbano, las pobres estaban compitiendo por nutrientes, agua, y luz de manera radical.

Aprendimos también que para armar un huerto orgánico hay que planificar; no es cosa de llegar, tirar semillas, regar un poco y que la cosa crezca. ¡No señor! Si ustedes creían que así es el cuento de la agricultura orgánica están muy equivocados, y ahora se los puedo decir por experiencia propia. La planificación es todo, no sólo por el número de plantas dentro del espacio, sino que el tipo de plantas y las combinaciones. De ahí la importancia de que en un huerto orgánico los cultivos estén intercalados con hierbas potentes como ajo o cebollas, flores como las caléndulas o los claveles, que son repelentes naturales de los pulgones u otros bichitos malos. La clave está en prevenir más que en remediar, al igual que en la medicina natural del Ayurveda y la escuela antroposófica, y eso requiere trabajo y dedicación constante.

Finalmente, el ingrediente principal de todo cultivo es el amor. Y es por eso que hoy, en el día en que se celebra el amor, por fin logré sentarme a escribir este post. A mi me vibra el corazón cuando riego mis plantas en la noche, cuando revuelvo la tierra para agregar el compost que hacemos en casa, cuando cosecho un tomate y hago una ensalada con algo que creció en mi balcón. Me recuerda a mis días de infancia en el campo; me lleva a un estado de paz, alegría y armonía que es cada vez más escaso en esta vida moderna de ciudad. Me hace sentido el mundo y la vida, y me maravillo con lo que hemos aprendido como seres humanos y lo que somos capaces de hacer.

Cultivar deriva su etimología del latín y está relacionado con la palabra cultura (colere), que guardaba diferentes acepciones simultáneamente: “habitar” y “cultivar”. No es difícil comprender la razón: la agricultura le permitió a los hombres convertirse en sedentarios, a partir de lo cual se desarrollaron las grandes culturas, por eso la idea de habitar y cultivar estaban tan relacionadas. De hecho, de esta combinación de conceptos también nació el vocablo colono: hombre que ocupa una tierra para habitarla y explotarla.

Cuando le ponemos el corazón y todo el amor a una actividad, suceden cosas mágicas y maravillosas. Una de ellas es ver crecer una planta, verla producir frutos y luego cosechar esos frutos para comerlos y recibir de vuelta el mismo amor que le entregaste en su crecimiento. Esa experiencia también te crea amor por la comida y amor por la cocina, y finalmente  amor por la vida y uno mismo que es lo más importante.

Ya hemos cosechado varias cosas, pero aún tenemos bastantes productos a la espera. Unos ricos tomates, acelgas para tortillas y sopas, porotos, albahaca, menta, romero, tomillo y pepinos. Amo la época de la cosecha, desde los kilos de trigo que sacábamos en el sur con la trilla, hasta lo que me regala mi balcón cada día.

Los dejo con algunas fotos de cómo están hoy nuestras plantas y mucho amor en este día de San Valentín.

la foto 1 (16)

la foto 3 (7)

la foto 2 (18)

Fuente fotográfica:
http://img.emol.com/2012/12/19/taco_185442.jpg

One Comment

  1. Pingback: Agricultura familiar campesina | Ciudadana B

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