Un Año de Vida en el Sur

Un año de vida en el sur. Un año bien vivido, donde se sintió el paso del tiempo y la evolución de las estaciones. Un año acontecido; un año inesperado, y un año muy agradecido.

Cuando tomamos la decisión de salir de Santiago rumbo al sur de nuestros sueños, en Noviembre de 2019, lo hicimos con la intuición de que esa sensación de crisis que nos invadió después del estallido social del 18 de Octubre, se repetiría. Pero la verdad es que jamás imaginamos la magnitud y la rapidez con la que llegaría.

Por nuestros trabajos, ya llevábamos un tiempo observando el paulatino pero sostenido avance de la degradación ambiental y el deterioro del ecosistema planetario. Entendíamos y veíamos esta crisis sistémica en todos lados, y sentíamos que teníamos que salir de Santiago a un lugar más amable y a escala humana que nos permitiera vivir tranquilos.

Hoy después de casi un año de COVID, sin duda que salir de Santiago en el momento que lo hicimos fue una muy buena decisión, pero para mi representa el comienzo de un viaje y un cambio mucho más profundo en la forma de vida que queremos lograr. Estamos en el punto de partida de un camino que espero nos permita seguir adquiriendo nuevos conocimientos y herramientas para sobrellevar mejor los tiempos cambiantes y desafiantes que nos tocará vivir en los próximos años.

No tengo idea de nada de lo que pueda venir, sólo una fuerte sensación de que este es el lugar y el momento en el que tengo que estar, con mi atención plena y presente, observando lo que ocurre a mi alrededor y aprendiendo, aprendiendo y aprendiendo de lo que me rodea.

Si algo puedo destacar de este último año es precisamente eso. Vivir en un lugar rodeado de naturaleza hace que automáticamente tus sentidos se agudicen. Cada día descubro nuevas plantas, cada día encuentro más rincones urbanos comestibles, cada día distingo nuevos pájaros, cada día conozco más productores locales, cada día percibo mejor el olor de las mañanas y el clima que se avecina, y cada día entiendo mejor los ciclos de la naturaleza de los cuales somos parte.

Ha sido un regalo experimentar todo esto, sobre todo en un año de pandemia donde aún, a pesar de las cuarentenas y la distancia física que hemos tenido que tener con nuestros amigos y familia, hemos podido salir y mantener el contacto con la naturaleza que tanto amamos.

Me imagino como sería vivir realmente en medio de la naturaleza salvaje, cómo se incrementaría la capacidad de observar, sentir y conocer nuestro mundo, y las muchísimas ganas que tengo y espero que eso ocurra pronto. Tengo la memoria de una vida en el campo grabado en mi piel, y los mejores recuerdos de la simpleza de ese ritmo. Ansío volver a eso, aunque se que no será lo mismo, pero hoy ese es mi norte.

Lo hemos pasado bien; nos hemos reído mucho. Este año nos ha permitido crecer, conocernos más profundamente, entender lo que nos mueve y jugárnosla por ello. El último año, laboralmente hablando, he estado casi en un 90% dedicada a temas alimentarios, algo que siempre soñé pero nunca creí que sucedería, o que si ocurría fuera tan pronto.

Sin embargo, no todo ha sido color de rosas. A ratos no ha sido fácil la falta de redes, el distanciamiento y el no ver a nuestros amigos, o tener espacios de distención social; hemos tenido momentos de cansancio extremo, de incertidumbre económica, de tensiones, de soledad y de nostalgia. Pero creo que finalmente así es la vida, ¿no? Una montaña rusa de emociones, a ratos más intensa, a ratos más plana, pero llena de situaciones vividas, experiencias de aprendizaje y buenos momentos mezclados con otros más desafiantes.

Y no me queda más que agradecer. Agradecer habernos atrevido a hacer el cambio. Agradecer el haber llegado a una ciudad a escala humana, perfecta, caminable, de rico clima, con harta lluvia y frío en el invierno para hacer cucharitas, y tardes de verano eternas para pasear al lado del río con un chalequito que cobija de la brisa fresca; agradecer por el silencio de las noches y por no tener más bocinas ni micros que pasan por debajo de nuestra ventana e interrumpen el sueño. Agradecer por despertar sin alarma, sólo con el sonido de las bandurrias o un besito de la Emilia. Agradecer por como huelen los días y cómo cambia ese olor a lo largo del año, desde un aroma dulce y lleno de vida ahora en verano, a un aroma fresco y agudo que duele la nariz en invierno. Agradecer por poder caminar y tener un río magnífico a 15 minutos de la casa, y agradecer por la maravillosa familia que hemos formado para seguir creciendo con todas nuestras aventuras.

Así que salud por el salto al vacío de hace un año y los que están por venir. Por muchos más años de buena vida en el sur, aprovechando el paso lento, siempre presente y consciente.

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